II. Su naturaleza
Como ya dijimos,
muchas de las enseñanzas sobre la Iglesia universal son aplicables a su
expresión localizada, por lo que también las metáforas de “edificio”, “santuario”
y “cuerpo” (1Co. 3:9-17; 1Co 12:12-31; 1Co. 12:23-31; Ro. 12:4-5) son
aplicables a las iglesias locales. Pero en el caso de una iglesia local, como
es lógico tratándose de grupos “palpables” compuestos de hombres y mujeres que
se reúnen para fines prácticos, el llamamiento y la responsabilidad de lo que
implica cada figura recae sobre cada miembro de dicha iglesia local, quienes
han de hacer efectivas las grandes verdades que se comunican por medio de esas
figuras.
La iglesia local
como “edificio”:
Bajo la figura
del “edificio” aprendemos que cada uno tiene la responsabilidad de cuidar primeramente de que la iglesia sea
edificada sobre el único fundamento doctrinal y espiritual: CRISTO[1].
Este es el fundamento que los apóstoles habían colocado en cada iglesia y del
cual Pablo, como maestro arquitecto, nos dejó una clara y profunda exposición
en todas sus epístolas (especialmente en la epístola a los Romanos). En segundo lugar, cada creyente tiene la
responsabilidad de cuidar cómo
y con qué se edifica sobre el fundamento, para no traer la madera, el
heno y la hojarasca de los esfuerzos carnales en lugar del oro, la plata y las
piedras preciosas de las obras que produce la actividad del Señor a través del
don de espíritu santo en nosotros (1Co 3:9-15).
La iglesia local
como “templo”:
La iglesia local
también puede ser asociada al “templo” o “santuario”, por lo tanto, le toca a
cada creyente la responsabilidad de apreciar
el carácter sagrado del edificio espiritual que constituye la comunidad de
creyentes (y no sólo cuando se reúnen en algún lugar determinado), pues
la iglesia es el lugar que el Dios Santo ha elegido para habitar, por lo tanto,
todo creyente debería velar, para que esta crezca en la pureza de la verdad y
el amor. Al mismo tiempo, la iglesia no debería consentir que en ella se
introduzca (de tal manera que viva y se enquiste) una actitud liviana
frente al pecado, la inmoralidad, la contienda, la idolatría y la predica de
falsas doctrinas (1Co. 3:16-17).
La iglesia local
como un “Cuerpo”:
En la figura del
Cuerpo se le enseña a cada creyente (de cada iglesia local) que está unido a
Cristo y por medio de él recibe de Dios no sólo el don del espíritu, sino
también recursos, capacidades o
instrucciones particulares que son necesarias para contribuir con la
edificación general de la iglesia (tanto de la local como de la Universal), por
lo tanto, cada miembro es precioso, necesario y único. De tal modo, no hay, dentro
del cuerpo, ningún miembro innecesario o de menor dignidad, sino que cada uno
es vital dentro del organismo espiritual que Dios ha creado. Es así que el
bienestar de todo el Cuerpo, y la efectividad de la Iglesia (tanto la local
como la Universal), depende de la contribución espiritual de cada uno conforme a lo que Dios en
su sabiduría distribuye a través de Cristo (1Co.
12:12-16). Por otro lado esta figura, advierte a cada miembro que: así como en el cuerpo físico, un miembro
separado del cuerpo el flujo de vida cesa y dicho miembro muere, del mismo
modo, si un creyente no acepta su necesidad de estar unido al resto del Cuerpo,
y a la Cabeza, eventualmente perderá su capacidad de producir frutos
espirituales, perdiendo la capacidad de recibir los nutrientes espirituales que
provienen de Cristo (Jn. 15:5-8).[2]
[1] Es decir: la salvación, la obra, y la provisión de Dios por medio
de la obra de Cristo, tanto pasada -en su muerte y resurrección-; presente -en
su exaltación a la diestra de Dios y por medio del don del espíritu; y futura
–dando pleno cumplimiento a la promesa de salvación, reinado, juicio, y
establecimiento perpetuo de la voluntad de Dios “así en la tierra como en el
cielo”.
[2] Tal como lo enseñó el
apóstol Pablo, la forma de servir a Dios adecuadamente y de comprobar Su buena
voluntad, agradable y perfecta, consiste en pensar y actuar como un Cuerpo en
Cristo, no dando preeminencia a algunos miembros por encima de otros, sino
actuando coordinadamente conforme a los dones o funciones que Dios repartió a
cada uno (Ro. 12:2-8; Ef. 4:11-16).
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