martes, 3 de septiembre de 2013

La Iglesia - Su naturaleza



II. Su naturaleza

Como ya dijimos, muchas de las enseñanzas sobre la Iglesia universal son aplicables a su expresión localizada, por lo que también las metáforas de “edificio”, “santuario” y “cuerpo” (1Co. 3:9-17; 1Co 12:12-31; 1Co. 12:23-31; Ro. 12:4-5) son aplicables a las iglesias locales. Pero en el caso de una iglesia local, como es lógico tratándose de grupos “palpables” compuestos de hombres y mujeres que se reúnen para fines prácticos, el llamamiento y la responsabilidad de lo que implica cada figura recae sobre cada miembro de dicha iglesia local, quienes han de hacer efectivas las grandes verdades que se comunican por medio de esas figuras.

La iglesia local como “edificio”:

Bajo la figura del “edificio” aprendemos que cada uno tiene la responsabilidad de cuidar primeramente de que la iglesia sea edificada sobre el único fundamento doctrinal y espiritual: CRISTO[1]. Este es el fundamento que los apóstoles habían colocado en cada iglesia y del cual Pablo, como maestro arquitecto, nos dejó una clara y profunda exposición en todas sus epístolas (especialmente en la epístola a los Romanos). En segundo lugar, cada creyente tiene la responsabilidad de cuidar cómo y con qué se edifica sobre el fundamento, para no traer la madera, el heno y la hojarasca de los esfuerzos carnales en lugar del oro, la plata y las piedras preciosas de las obras que produce la actividad del Señor a través del don de espíritu santo en nosotros (1Co 3:9-15).

La iglesia local como “templo”:

La iglesia local también puede ser asociada al “templo” o “santuario”, por lo tanto, le toca a cada creyente la responsabilidad de apreciar el carácter sagrado del edificio espiritual que constituye la comunidad de creyentes (y no sólo cuando se reúnen en algún lugar determinado), pues la iglesia es el lugar que el Dios Santo ha elegido para habitar, por lo tanto, todo creyente debería velar, para que esta crezca en la pureza de la verdad y el amor. Al mismo tiempo, la iglesia no debería consentir que en ella se introduzca (de tal manera que viva y se enquiste) una actitud liviana frente al pecado, la inmoralidad, la contienda, la idolatría y la predica de falsas doctrinas (1Co. 3:16-17).

La iglesia local como un “Cuerpo”:

En la figura del Cuerpo se le enseña a cada creyente (de cada iglesia local) que está unido a Cristo y por medio de él recibe de Dios no sólo el don del espíritu, sino también  recursos, capacidades o instrucciones particulares que son necesarias para contribuir con la edificación general de la iglesia (tanto de la local como de la Universal), por lo tanto, cada miembro es precioso, necesario y único. De tal modo, no hay, dentro del cuerpo, ningún miembro innecesario o de menor dignidad, sino que cada uno es vital dentro del organismo espiritual que Dios ha creado. Es así que el bienestar de todo el Cuerpo, y la efectividad de la Iglesia (tanto la local como la Universal), depende de la contribución espiritual de cada uno conforme a lo que Dios en su sabiduría distribuye a través de Cristo (1Co. 12:12-16). Por otro lado esta figura, advierte a cada miembro que: así como en el cuerpo físico, un miembro separado del cuerpo el flujo de vida cesa y dicho miembro muere, del mismo modo, si un creyente no acepta su necesidad de estar unido al resto del Cuerpo, y a la Cabeza, eventualmente perderá su capacidad de producir frutos espirituales, perdiendo la capacidad de recibir los nutrientes espirituales que provienen de Cristo (Jn. 15:5-8).[2]


[1] Es decir: la salvación, la obra, y la provisión de Dios por medio de la obra de Cristo, tanto pasada -en su muerte y resurrección-; presente -en su exaltación a la diestra de Dios y por medio del don del espíritu; y futura –dando pleno cumplimiento a la promesa de salvación, reinado, juicio, y establecimiento perpetuo de la voluntad de Dios “así en la tierra como en el cielo”.  
[2] Tal como lo enseñó el apóstol Pablo, la forma de servir a Dios adecuadamente y de comprobar Su buena voluntad, agradable y perfecta, consiste en pensar y actuar como un Cuerpo en Cristo, no dando preeminencia a algunos miembros por encima de otros, sino actuando coordinadamente conforme a los dones o funciones que Dios repartió a cada uno (Ro. 12:2-8; Ef. 4:11-16).

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