martes, 3 de septiembre de 2013

La Iglesia. Organización y Gobierno



III. Su organización y su gobierno

El énfasis del libro de Hechos (donde se expone el subimiento y la vida de la primera iglesia cristiana) no recae sobre su organización, sino sobre el poder vital proveniente del espíritu de Cristo viviendo y obrando libremente en todos los creyentes que en distintas regiones iban alcanzando madurez.
Sin embargo, habiendo aclarado este punto fundamental, también debemos tener presente que conforme a las palabras de Pablo, en la iglesia todo ha de hacerse “decentemente y con orden porque Dios no es un Dios de confusión” (1Co. 14:40), lo cual indica la necesaria existencia de una determinada organización de las partes para la mayor eficacia en el trabajo cooperativo o asociado que implica ser parte de un mismo cuerpo y el ser llamados como cuerpo a dar testimonio del evangelio de la gracia y salvación de Dios en Cristo.
Por lo tanto debemos aceptar que, apoyados sobre la actividad poderosa del espíritu, se requiere de ciertos lineamientos doctrinales y ciertas normativas claras a la que las distintas partes o iglesias se van adhiriendo para poder funcionar adecuadamente, cada una desde su autonomía, su rol y la gracia con que Dios la haya exaltado
Tal como lo enseñó el apóstol Pablo, la forma de servir a Dios adecuadamente y de comprobar Su buena voluntad, agradable y perfecta, consiste en pensar y actuar como un Cuerpo en Cristo, no dando preeminencia a algunos miembros por encima de otros, sino actuando coordinadamente conforme a los dones o funciones que Dios repartió a cada uno (Ro. 12:2-8; Ef. 4:11-16).

La autonomía de las iglesias locales:
A través del relato del libro de Hechos y de las epístolas podemos observar abundantes noticias de los fuertes lazos de comunión doctrinal y de amor fraternal que unían las distintas iglesias locales durante aquel período, pero no existe ninguna mención de la subordinación de unas a otras que fuesen más poderosas y/o más prestigiosas, ya sea por sus antecedentes, por su número o por su posición geográfica. Asuntos de importancia general podían discutirse entre todos para que hubiera mayor luz y guía para todos. Es aquí donde tiene su importancia el “consejo de ancianos”, ya sea que esté formado por los ancianos de una misma iglesia local, o (de ser necesario) por los ancianos de distintas iglesias locales con cierta unidad doctrinal. En la Iglesia del primer siglo este  “consejo” ejercía sin que se estableciera el dominio de unas iglesias sobre otras, y sin que se constituyera una jerarquía eclesiástica que gobierne sobre todas las iglesias.
Tomemos como ejemplo la cuestión que se generó en torno a si los gentiles debían o no circuncidarse. El tema se trató entre los ancianos de la iglesia en Jerusalén y los ancianos representantes de la de Antioquía, pero no hay indicio de que la iglesia de Antioquia estuviese subordinada a la de Jerusalén.

El cuidado de las iglesias locales:
Dios a encargado el cuidado de la iglesia del Señor en las manos de los ancianos (Hc.20:28). Como se ha destacado ya, cada miembro tiene su responsabilidad especial en relación con la vida total de la iglesia, pero el libro de Hechos y las epístolas a la Iglesia enseñan claramente que los creyentes reconocían y estimaban el servicio y la guía de aquellos hermanos que habían alcanzado cierto grado de madurez espiritual, sano criterio y sólidos conocimientos en cuanto a las verdades fundamentales del Evangelio, en quienes se manifestaba claramente el fruto de un andar espiritual, como aquellos que los presidían y obraban en pos del crecimiento unánime (1Ts. 5:12; He. 13:17). Cabe destacar que este reconocimiento no daba a un anciano el derecho de controlar la vida de otras personas, ni  ponía al “anciano” por encima de los demás ya que la instrucción es que todos deben permanecer sumisos unos con los otros apartados de la soberbia (1Pdr. 5:5)

A estas personas se les llama “ancianos” en vista de su madurez espiritual (que poco tiene que ver con el tiempo que se lleva asistiendo a una reunión, ni tampoco tiene relación con la edad de la persona). Dentro de lo que llamamos “ancianos” podemos distinguir diversas funciones. Por ejemplo, estaban aquellos a los que se llamaba obispos (La palabra griega es episkopos, muchas veces traducida como “obispos”. E.W. Vine explica que esta palabra proviene de epi: “sobre” y skopeo: “mirar, vigilar”. Literalmente significa “uno que vigila o mira sobre otros, un supervisor o sobreveedor” Esta superioridad esta en relacion a su madures y vicion para servir y no en relacion a ser un miembro mas importante a los demas), cuya función consistía en vigilar y supervisar por el bien de la iglesia; estaban los pastores (llamados así figuradamente a causa del tierno cuidado que tenían por el “rebaño” de creyentes cristianos), cuya función era brindar un cuidado especial de cada creyente, teniendo en cuenta sus necesidades o condiciones particulares; también los había maestros, que se distinguían por su capacidad especial para exponer y explicar con claridad las verdades bíblicas; y otros que manifestaban otras formas de diaconia (La palabra griega traducida como “diáconos” es diakonos, que quiere decir “servidor” o “ministro” y tiene una aplicación muy amplia en el Nuevo Testamento. Basados en Hechos 6, algunos suponen que ésta palabra sólo se refiere a aquellos que cuidan de lo material, y que son los ancianos los que se ocupan de lo espiritual, pero un estudio de los usos bíblicos de esta palabra nos lleva a comprender que se refiere a toda clase de servidor); formando conjuntamente “el consejo de ancianos”, tanto dentro de una misma iglesia local, como tocante a un conjunto de iglesias locales (esto por sólo mencionar algunas funciones de servicio para la iglesia).

Es importante destacar que nunca se habla de un solo anciano de la iglesia local, ni mucho menos de “uno” sobre toda una región donde pudieran existir varias iglesias locales, sino de varios ancianos. La jerarquía moderna (de tipo verticalista y rígida) con la que se suele organizar la mayoría de las instituciones religiosas, es una corrupción tardía de la sencillez (inmadurez en el entendimiento) de los primeros apóstoles, que, a su vez, siguió de cerca el modelo de la sinagoga de los judíos. Es necesario hacer alguna aclaración más sobre este punto: no cabe dudas de que, según los primeros capítulos del libro de Hechos, aquella primera organización de la Iglesia donde un pequeño grupo de personas podía coordinar toda la iglesia fue ampliamente bendecida por Dios, pero debemos destacar que la base de su “éxito” no fue la estructura con la que se organizaron sino su fe, su fidelidad a las palabras del Señor, la mucha oración, y la comunión de los creyentes en genuino afecto. Por otro lado, debemos admitir que aquella organización resultó posible y útil debido a que todos los miembros de la Iglesia se encontraban en una sola ciudad, Jerusalén y, por ende, participaban de necesidades más o menos comunes entre ellos. Cuando el evangelio fue aceptado en otras regiones, cada vez más alejadas de Jerusalén, fue imposible sostener tal forma de organización, la cual fue dando lugar y evolucionando a otra forma más parecida a una red de iglesias fuertemente vinculadas, pero autónomas, en la que cada parte tenia la necesidad de crecer en su relación con Dios y el Señor Jesucristo para recibir de ellos los recursos necesarios para su crecimiento espiritual. Por eso entendemos que el libro de Hechos no muestra una sola forma de organización de la Iglesia, sino una evolución acorde con las realidades del cuerpo espiritual que le fueron reveladas a Pablo bastante tiempo después de los primeros relatos del libro de Hechos.


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