III. Su organización y su gobierno
El énfasis del
libro de Hechos (donde se expone el subimiento y la vida de la primera iglesia
cristiana) no recae sobre su
organización, sino sobre el poder vital proveniente del espíritu de Cristo
viviendo y obrando libremente en todos los creyentes que en distintas regiones
iban alcanzando madurez.
Sin embargo, habiendo
aclarado este punto fundamental, también debemos tener presente que conforme a
las palabras de Pablo, en la iglesia todo ha de hacerse “decentemente y con
orden porque Dios no es un Dios de confusión” (1Co.
14:40), lo cual indica la necesaria existencia de una determinada organización de las partes para la
mayor eficacia en el trabajo cooperativo o asociado que implica ser parte de un mismo cuerpo y el ser llamados como cuerpo a dar testimonio del
evangelio de la gracia y salvación de Dios en Cristo.
Por lo tanto debemos
aceptar que, apoyados sobre la actividad poderosa del espíritu, se requiere de
ciertos lineamientos doctrinales y ciertas normativas claras a la que las
distintas partes o iglesias se van adhiriendo para poder funcionar
adecuadamente, cada una desde su autonomía, su rol y la gracia con que Dios la
haya exaltado
Tal como lo enseñó el apóstol Pablo, la forma de
servir a Dios adecuadamente y de comprobar Su buena voluntad, agradable y
perfecta, consiste en pensar y actuar como un Cuerpo en Cristo, no dando
preeminencia a algunos miembros por encima de otros, sino actuando
coordinadamente conforme a los dones o funciones que Dios repartió a cada uno
(Ro. 12:2-8; Ef. 4:11-16).
La autonomía de
las iglesias locales:
A través del relato del libro de Hechos y de las
epístolas podemos observar abundantes noticias de los fuertes lazos de comunión
doctrinal y de amor fraternal que unían las distintas iglesias locales durante
aquel período, pero no existe ninguna mención de la subordinación de unas a
otras que fuesen más poderosas y/o más prestigiosas, ya sea por sus
antecedentes, por su número o por su posición geográfica. Asuntos de
importancia general podían discutirse entre todos para que hubiera mayor luz y
guía para todos. Es aquí donde tiene su importancia el “consejo de ancianos”,
ya sea que esté formado por los ancianos de una misma iglesia local, o (de ser
necesario) por los ancianos de distintas iglesias locales con cierta unidad
doctrinal. En la Iglesia del primer siglo este
“consejo” ejercía sin que se estableciera el dominio de unas iglesias
sobre otras, y sin que se constituyera una jerarquía eclesiástica que gobierne
sobre todas las iglesias.
Tomemos como ejemplo la cuestión que se generó en
torno a si los gentiles debían o no circuncidarse. El tema se trató entre los
ancianos de la iglesia en Jerusalén y los ancianos representantes de la de
Antioquía, pero no hay indicio de que la iglesia de Antioquia estuviese
subordinada a la de Jerusalén.
El cuidado de las iglesias locales:
Dios a encargado
el cuidado de la iglesia del Señor en las manos de los ancianos (Hc.20:28).
Como se ha destacado ya, cada
miembro tiene su responsabilidad especial en relación con la vida total de la
iglesia, pero el libro de Hechos y las epístolas a la Iglesia enseñan
claramente que los creyentes reconocían y estimaban el servicio y la
guía de aquellos hermanos que habían alcanzado cierto grado de madurez
espiritual, sano criterio y sólidos conocimientos en cuanto a las verdades
fundamentales del Evangelio, en quienes se manifestaba claramente el fruto de
un andar espiritual, como aquellos que los presidían y obraban en pos del
crecimiento unánime (1Ts. 5:12; He. 13:17). Cabe destacar que este reconocimiento no daba a un
anciano el derecho de controlar la vida de otras personas, ni ponía al “anciano” por encima de los
demás ya que la instrucción es que todos deben permanecer sumisos unos con los
otros apartados de la soberbia (1Pdr.
5:5)
A estas personas
se les llama “ancianos” en vista de su madurez espiritual (que poco tiene que
ver con el tiempo que se lleva asistiendo a una reunión, ni tampoco tiene
relación con la edad de la persona). Dentro de lo que llamamos “ancianos”
podemos distinguir diversas funciones. Por ejemplo, estaban aquellos a los que
se llamaba obispos (La palabra griega es episkopos, muchas veces traducida como “obispos”. E.W. Vine
explica que esta palabra proviene de epi: “sobre” y skopeo:
“mirar, vigilar”. Literalmente significa “uno que vigila o mira sobre otros, un
supervisor o sobreveedor” Esta superioridad esta en relacion a su madures y
vicion para servir y no en relacion a ser un miembro mas importante a los demas),
cuya función consistía en vigilar y supervisar por el bien de la iglesia;
estaban los pastores (llamados así
figuradamente a causa del tierno cuidado que tenían por el “rebaño” de
creyentes cristianos), cuya función era brindar un cuidado especial de cada
creyente, teniendo en cuenta sus necesidades o condiciones particulares;
también los había maestros, que se
distinguían por su capacidad especial para exponer y explicar con claridad las
verdades bíblicas; y otros que manifestaban otras formas de diaconia (La
palabra griega traducida como “diáconos” es diakonos, que quiere decir
“servidor” o “ministro” y tiene una aplicación muy amplia en el Nuevo
Testamento. Basados en Hechos 6, algunos suponen que ésta palabra sólo se
refiere a aquellos que cuidan de lo material, y que son los ancianos los que se
ocupan de lo espiritual, pero un estudio de los usos bíblicos de esta palabra
nos lleva a comprender que se refiere a toda clase de servidor);
formando conjuntamente “el consejo de ancianos”, tanto dentro de una misma
iglesia local, como tocante a un conjunto de iglesias locales (esto por sólo
mencionar algunas funciones de servicio para la iglesia).
Es importante
destacar que nunca se habla de un solo anciano
de la iglesia local, ni mucho menos de “uno” sobre toda una región donde
pudieran existir varias iglesias locales, sino de varios ancianos. La jerarquía moderna (de tipo
verticalista y rígida) con la que se suele organizar la mayoría de las
instituciones religiosas, es una corrupción tardía de la sencillez (inmadurez
en el entendimiento) de los primeros apóstoles, que, a su vez, siguió de cerca
el modelo de la sinagoga de los judíos. Es necesario hacer alguna aclaración
más sobre este punto: no cabe dudas de que, según los primeros capítulos del
libro de Hechos, aquella primera organización de la Iglesia donde un pequeño
grupo de personas podía coordinar toda
la iglesia fue ampliamente bendecida por Dios, pero debemos destacar que la
base de su “éxito” no fue la estructura con la que se organizaron sino su fe,
su fidelidad a las palabras del Señor, la mucha oración, y la comunión de los
creyentes en genuino afecto. Por otro lado, debemos admitir que aquella
organización resultó posible y útil debido a que todos los miembros de la
Iglesia se encontraban en una sola ciudad, Jerusalén y, por ende, participaban
de necesidades más o menos comunes entre ellos. Cuando el evangelio fue
aceptado en otras regiones, cada vez más alejadas de Jerusalén, fue imposible
sostener tal forma de organización, la cual fue dando lugar y evolucionando a
otra forma más parecida a una red de iglesias fuertemente vinculadas, pero
autónomas, en la que cada parte tenia la necesidad de crecer en su relación con
Dios y el Señor Jesucristo para recibir de ellos los recursos necesarios para
su crecimiento espiritual. Por eso entendemos que el libro de Hechos no muestra una sola forma de
organización de la Iglesia, sino una
evolución acorde con las realidades del cuerpo espiritual que le fueron
reveladas a Pablo bastante tiempo después de los primeros relatos del libro de
Hechos.
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